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La Coctelera

11 de Setembre de 1714 a Barcelona

Guerra de sucesión

Antonio de Villarroel

Antonio de Villarroel y Peláez (Barcelona, 1656 - Segovia, 1742) fue un militar Catalán partidario de la causa austracista en la Guerra de Sucesión Española.

Era hijo de un militar acomodado, procedente de la localidad gallega de Vilanova dos Infantes (actual provincia de Orense), y de madre asturiana. Ingresó joven en el ejército, y en 1697 defendió Barcelona contra los franceses. Al comenzar la Guerra de Sucesión, formó parte del ejército de Felipe V. Sin embargo, al caer en desgracia el duque de Orleans marchó a Galicia, donde se adhirió a los aliados antiborbónicos. Fue nombrado teniente mariscal por el archiduque Carlos.

Se distinguió en la batalla de Villaviciosa, adversa a las armas austracistas, así como en la ingrata tarea de la evacuación de Aragón (1711). Nombrado comandante supremo de las fuerzas austracistas en Cataluña, organizó la defensa de Barcelona. Formalizado el sitio de la ciudad por las tropas del duque de Populi, que la bombardeó para atemorizar a los habitantes, Villarroel hizo replicar con la artillería. Con poco más de 5.000 hombres, de los que unos 3.500 eran miembros de la milicia gremial, durante el curso de la guerra tuvo que vigilar el estado de las débiles defensas de Barcelona. Para rechazar los asaltos que padecía la ciudad (julio del 1714), organizó, junto con Josep Bellver, una salida rápida, que fue rechazada por las tropas francesas al mando del duque de Berwick, que había sustituido a Popoli al mando del sitio. Los sitiadores disponían de unos 40.000 hombres.

Pero los ataques borbónicos abrieron nuevas brechas, lo que indujo a Villarroel a convocar un consejo de guerra (1 de septiembre), a espaldas de los consejeros de la ciudad, en el cual sugirió, en vista del estado desesperado de las defensas, la conveniencia de capitular y de aceptar el ofrecimiento del duque de Berwick.

Pero Casanova y el resto de los consejeros se opusieron, y Villarroel intentó dimitir. Pero, ante el asalto decisivo del 11 de septiembre, preparó su columna y prosiguió la defensa de la ciudad. Finalmente, fue herido y quedó fuera de combate. Habiendo caído herido también Rafael Casanova, el coronel Ferrer, apoderado del lugarteniente de Mallorca, fue a ver a Villarroel, quien expuso que era de la opinión de capitular antes de la noche, para ahorrar a la ciudad los horrores del combate. Entonces tomó la decisión, bajo su responsabilidad, de que tocaran a capitulación. Pese a las seguridades dadas en esta, los veinticinco líderes militares de la defensa de Barcelona, entre los que se encontraba el mismo Villarroel, herido, fueron encarcelados.

Villarroel fue encarcelado en el castillo de Alicante y más tarde (1715) en el de La Coruña, desde donde pasó al Alcázar de Segovia. Allí fue liberado a raíz de la paz de Viena. Se quedó en Segovia y pudo vivir de la pensión que le concedió, hasta su muerte, el archiduque Carlos, ya emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

 

Rafael de Casanova

 

Rafael Casanova y Comes (Moyá, 1660 - San Baudilio de Llobregat, 3 de mayo de 1743) fue un jurista español, partidario del Archiduque Carlos durante la Guerra de Sucesión Española, último consejero primero del Consell de Cent (1713-1714) de la ciudad de Barcelona, coronel de la Coronela de Barcelona, gobernador de la Plaza y Armas de Barcelona, y miembro de la Junta de Gobierno de Cataluña durante el Sitio de Barcelona, en la última fase de aquel conflicto.

Primeros años

En el momento de su nacimiento, los Casanova gozaban de una sólida posición económica. Propietarios de fincas y tierras, se dedicaban al comercio del grano y la lana.[1] La familia tenía una larga tradición de participación en los asuntos públicos. Francesc Casanova (abuelo) fue Capitán de la Santa Unión y luchó contra los bandoleros, y Rafael Casanova (padre) fue jefe del somatén del Moianés (1650), consejero de la población (1652), sotsveguer de Moyá y el Moianés (1659) y, poco antes de su muerte (1682), alcalde real de la villa.[2] Rafael Estudió Derecho en el Estudio General de Barcelona, profesión que ejerció hasta ser escogido tercer consejero del Consejo de Ciento de Barcelona durante la Guerra de Sucesión (1702-13). En 1696 se había casado con Maria Bosch i Barba.[3]

La Guerra de Sucesión

La Guerra de Sucesión Española, tras la muerte sin descendencia de Carlos II el Hechizado, dio lugar a una guerra civil en España entre los partidarios del Archiduque Carlos y Felipe de Anjou. Felipe V juró en 1702 fidelidad a los fueros de Cataluña, y recibió el homenaje de sus instituciones. Sin embargo, el austracismo iba tomando fuerza en la región. Cuando en octubre de 1705 las tropas del archiduque Carlos tomaron Barcelona al asalto, la Generalidad y los consellers municipales juraron lealtad al Archiduque, y Barcelona se convirtió en un baluarte austracista durante el resto de la guerra.

El 25 de enero de 1706, por muerte del consejero tercero de Barcelona, Jacinto Lloreda, correspondió a Casanova ocupar el cargo. Un año más tarde, el 6 de febrero de 1707, el archiduque Carlos le otorgó el nombramiento de ciutadà honrat (ciudadano honrado), un título honorífico ambicionado por las familias acaudaladas catalanas no pertenecientes a la nobleza.

Para 1711 la posición militar de los austracistas era ya muy comprometida. En septiembre de ese año el archiduque Carlos dejó la Península rumbo a Viena para hacerse cargo del Sacro Imperio Romano, dejando en Barclona a su esposa Isabel de Brunswick. En las primeras negociaciones de paz los embajadores del ya emperador Carlos VI insistieron que el Principado de Catañula fuese elevado a la categoría de república independiente. Sin embargo, tras la renuncia de Felipe V al trono de Francia, se avino a ceder ante Felipe V mientras se comprometiera a respetar los fueros catalanes. La posición de los representantes de Cataluña era que si Carlos VI no podía ser rey de toda España, lo fuera al menos de la Corona de Aragón.

En 1713 Isabel de Brunswick salió de Barcelona, y poco después se evacuaron las tropas austriacas. Casanova asistió a las sesiones del Brazo Real (Braç Reial) de la Junta de Brazos (Junta de Braços), inaugurada en Barcelona el 30 de junio de 1713. Entre las primeras medidas adoptadas figuró, el 11 de julio de 1713, la creación de la Junta Secreta, compuesta por cinco personas destinada a estudiar las propuestas emitidas por el teniente mariscal Antonio de Villarroel, cabeza de las fuerzas austracistas en Cataluña. Uno de estos cinco miembros sería el propio Rafael Casanova.[4]

Según el Tratado de Utrecht, por el cual se reconocía de forma definitiva a Felipe V como rey de España, los catalanes serían amnistiados y recibirían los derechos y privilegios que los habitantes de las dos Castillas, "que de todos los pueblos de España son los más amados por el Rey Católico".

El sitio de Barcelona

Ante la resistencia barcelonesa, el 25 de julio de 1713 las tropas borbónicas comenzaron el sitio de la ciudad. El 30 de noviembre de 1713, Casanova es nombrado Conseller en cap de Barcelona, la máxima autoridad de la ciudad. El cargo llevaba añadido el grado de coronel de los «Regimientos de la Coronela», la milicia ciudadana, que era el componente más numeroso de la guarnición que defendía la ciudad, así como el título de cabeza militar de la plaza.

La dura batalla provocó la muerte de 14.200 asaltantes borbónicos y 6.850 defensores autracistas, y la destrucción de un tercio de la ciudad. Durante el sitio se rompió la férrea determinación austracista, con luchas entre los líderes Roal, Villaroel y Moragas. El propio Casanova era partidario de una salida negociada, pero rechazó la oferta de paz propuesta por el Duque de Brunswick el 4 de septiembre, pretendiendo lograr un alto el fuego de doce días, lo que provocó la dimisión de Villaroel.

El día del asalto final de las tropas borbónicas, el 11 de septiembre, a las 7 de la mañana, el Consejero primero Casanova lideró el contraataque por el flanco derecho de ataque de las tropas borbónicas, arengando a los barceloneses mientras blandía la bandera de Santa Eulalia, venerada por los barceloneses (según una tradición, el estandarte de Santa Eulalia sólo podía sacarse en el momento en que Barcelona corriese un grave peligro); el flanco derecho, único sector en el que el mariscal francés Berwick confió en tropas españolas, [5] empezó a retirarse desordenadamente ante el contraataque de las tropas catalanas[6] lideradas por el consejero primero Rafael Casanova, que acabó provocando una desbanda general de las tropas españolas[7] en todo el sector.

Durante el contraataque, Casanova fue herido por una bala en el muslo, siendo trasladado urgentemente al colegio de la Merced, donde había instalado un hospital de campaña. Ante la caída en combate de Casanova, el contraataque quedó detenido.[8]

A las tres de la tarde Casanova emitió un bando que repartió por las calles de Barcelona en cual se afirmaba:

«Se hace saber a todos generalmente, de parte de los tres Excelentísimos Comunes, considerando el parecer de los Señores de la Junta de Gobierno, personas asociadas, nobles, ciudadanos y oficiales de guerra, que separadamente están impidiendo que los enemigos se internen en la ciudad; atendiendo que la deplorable infelicidad de esta ciudad, en la que hoy reside la libertad de todo el Principado y de toda España, está expuesta al último extremo de someterse a una entera esclavitud. Notifican, amonestan y exhortan, representando así a los padres de la Patria que se afligen de la desgracia irreparable que amenaza el favor e injusto encono de las armas franco-españolas, haciendo seria reflexión del estado en que los enemigos del Rey N.S., de nuestra libertad y Patria, están apostados ocupando todas las brechas, cortaduras, baluartes del Portal Nou, Sta. Clara, Llevant y Sta. Eulalia.

Se hace saber, que si luego, inmediatamente de oído el presente pregón, todos los naturales, habitantes y demás gentes hábiles para el ejercicio de las armas no se presentan en las plazas de Junqueras, Born y Plaza de Palacio, a fin de que unidos con todos los Señores que representan los Comunes, se pueda rechazar los enemigos, haciendo el último esfuerzo, esperando que Dios misericordioso, mejorará la suerte.
Se hace también saber, que siendo la esclavitud cierta y forzosa, en obligación de sus cargos, explican, declaran y protestan los presentes, y dan testimonio a las generaciones venideras, de que han ejecutado las últimas exhortaciones y esfuerzos, quejándose de todos los males, ruinas y desolaciones que sobrevengan a nuestra común y afligida Patria, y extermine todos los honores y privilegios, quedando esclavos con los demás españoles engañados y todos en esclavitud del dominio francés; pero así y todo se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados, a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España
Y finalmente dicen y hacen saber, que si después de una hora de publicado el pregón, no comparezca gente suficiente para ejecutar la ideada empresa, es forzoso, preciso y necesario llamar y pedir capitulación a los enemigos, antes de llegar la noche, para no exponer a la más lamentable ruina de la Ciudad, para no exponerla a un saqueo general que profane los Santos Templos, y al sacrificio de niños, mujeres y a los religiosos. Y para que a todos sea generalmente notorio, que con voz alta, clara e inteligible sea publicado por todas las calles de la presente ciudad.

Dado en la casa de la Excelentísima Ciudad, residiendo en el Portal de S. Antonio, presentes los mencionados Excelentísimos Señores y personas asociadas, a 11 de Septiembre, a las 3 de la tarde, de 1714».

Exoneración de cargos y represion

El 15 de septiembre el Consell de Cent de Barcelona quedó abolido, cerrándose sus archivos, escribanías y arcas de depósito. El mismo día todos los consejeros de Barcelona fueron exonerados de todos los cargos por delitos de Lesa Majestad. Curado de sus heridas, los bienes de Rafael Casanova fueron embargados, pasando a residir a partir de entonces en la casa de su hijo, en Sant Boi de Llobregat. Amnistiado, en 1719 tornó a Barcelona y volvió a ejercer como abogado hasta 1737, año en qué se retiró. Murió diez años más tarde en Sant Boi de Llobregat, a la edad de 83 años.

 

Sublevación de Catalunya

 

La Sublevación de Cataluña, Revuelta de los catalanes o Guerra de los Segadores (Guerra dels Segadors, en catalán) afectó a gran parte de Cataluña entre los años 1640 y 1652. Tuvo como efecto más duradero la firma de la Paz de los Pirineos entre la monarquía hispánica y el rey de Francia, pasando el condado del Rosellón y la mitad del de la Cerdaña, hasta aquel momento partes integrantes del principado de Cataluña, uno de los territorios de la monarquía hispánica, a soberanía francesa.

La guerra comienza a raíz del malestar que generaba en la sociedad catalana la presencia de tropas, fundamentalmente castellanas, durante las guerras entre Francia y España, enmarcadas dentro de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Los hechos del Corpus de Sangre de 1640, desencadenados por el amotinamiento de un grupo de unos 400 o 500 segadores que entraron en Barcelona y que conducirían a la muerte del conde de Santa Coloma, noble catalán y virrey de Cataluña, marcan el inicio del conflicto.

Colapso de recursos procedentes de Castilla y disminución de los americanos

La capacidad de Castilla para defender los intereses de la monarquía en Europa y el resto del mundo estaba llegando a un colapso con Felipe III y Felipe IV. Castilla llevaba ya un periodo de larga recesión desde finales del reinado de Felipe II que se agravó con sus sucesores, siendo la guerra de los Treinta Años una carga ya imposible de soportar. Por otra parte, el comercio con América estaba en crisis, llegando a una gran caída en 1631 y 1641. Los ingresos de la Corona de los que habían sido tradicionalmente su soporte: Castilla y América, estaban bajo mínimos, lo que llevó a buscarlos en las otras partes del reino.

Ya desde algo antes de 1620, el Consejo de Finanzas, las Cortes castellanas y muchos economistas castellanos pedían un reparto más equitativo de la carga del imperio. Consideraban que Castilla contribuía en exceso a los gastos de defensa y pedían que el resto de reinos y provincias (corona de Aragón, Portugal, Navarra, Guipúzcoa y Vizcaya principalmente) contribuyeran al menos a sufragar sus propios gastos de defensa. En este panorama, los dominios italianos contribuían a su defensa al igual que los Países Bajos, si bien en menor medida. Aragón y Valencia contribuían ocasionalmente. Portugal y Cataluña contribuían a su defensa, pero se negaban a financiar las guerras de la Corona, pues consideraban que lo que ocurría fuera de sus fronteras no era de su incumbencia.

La Unión de Armas

Artículo principal: Unión de Armas

En este estado de cosas llega al poder el conde-duque de Olivares con Felipe IV en 1621 e incorpora las ideas de reparto y uniformidad fiscal en su idea de gobierno. En los planes de Olivares estaba una mayor unión del Imperio bajo leyes uniformes, lo cual supondría un recorte de los derechos forales del resto de reinos y provincias. Como contrapunto ofrecía repartir los dudosos beneficios del Imperio, junto con sus cargas, hasta entonces reservados principalmente a la Corona de Castilla.

Olivares era tan impaciente como ambicioso por naturaleza, pero su primer plan (repartir cargas a cambio de privilegios y oportunidades) requería paciencia por ser a largo plazo. Por lo tanto, propuso otra vía: La Unión de Armas, que proponía la creación de un ejército de 140.000 reservas reclutados y mantenidos por las diferentes provincias, reinos y virreinatos de acuerdo con sus necesidades y posibilidades. Con ello pretendía conseguir una mayor unión generalizada por medio de una unión militar. Una decisión unilateral no era posible, y tampoco un acuerdo de las Cortes castellanas (de competencias más restringidas y a las que no acudían los estamentos privilegiados) habría tenido validez alguna en la Corona de Aragón (Aragón, Valencia, Cataluña y Mallorca, sin olvidar los demás territorios de ultramar en el Mediterráneo).

La intransigencia de los representantes de las Cortes en el Principado de Cataluña fue algo con lo que Olivares ya contaba, por lo que el 28 de marzo de 1626 el clima era muy tenso durante las primeras sesiones (las Cortes no se reunían en Cataluña desde el reinado de Felipe III).

Como cualquier otra institución parlamentaria del Antiguo Régimen (incluyendo la de mayor entidad competencial, como era el Parlamento de Inglaterra), las Cortes catalanas no representaban a la totalidad de la población del Principado; ni eran democráticas ni soberanas según los conceptos liberal de representación del pueblo (soberanía popular) o de la nación (soberanía nacional). Jugaban un papel importante en la elaboración de leyes, pero su poder principal residía en la negociación pactista de subsidios con su soberano, el conde de Barcelona, título que acumulaba el rey de Aragón desde el siglo XII. Después de la unión dinástica de Isabel y Fernando, ambos títulos correspondían a sus herederos, a los que la historiografía suele llamar Rey de España (o de la Monarquía Católica o de la Monarquía Hispánica o del Imperio español); era común en numismática el apelativo Rey de las Españas o de las Españas y las Indias (Hispaniarum Rex o Hispaniarum et Indiarum Rex, que aparecen en las monedas de la época), aunque la forma oficial de firmar cartas y decretos era una prolongada lista nominal de títulos de soberanía: ... Por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córcega, de Murcia, de Córdoba, de Jaén, del Algarve, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, de las Islas y Terrafirme del Continente Oceánico, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Atenas y Neopatria y de Milán, Conde de Absburg, de Flandes, del Tirol y de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina, etc.[1]

Las Cortes del Antiguo Régimen estaban compuestas estamentalmente, mediante sistemas de representación que se limitaban a las familias más poderosas de la nobleza, al alto clero y a un número limitado de ciudades (a través de representantes del patriciado urbano de nobles y caballeros y -en el caso catalán-, ciutadans honrats o alta burguesía urbana). Todos estos factores contribuían a sumir en una grave problemática el desarrollo de las negociaciones, dado que Cataluña experimentaba una situación de crisis económica y política patente desde el reinado de Fernando II el Católico, pero agravada por lo menos desde 1630.

Los virreyes que se encargaban de la seguridad de los caminos y las rutas comerciales a duras penas podían contener los embates del bandolerismo al servicio de clanes o facciones nobiliarias que controlaban o estimulaban la actividad de bandas rivales de malhechores (en su mayoría campesinos y pastores afectados por la crisis económica de la zona, como Serrallonga, que pasaban por héroes populares al estilo de Robin Hood). Además de responder a una secular dinámica interna, tampoco desaprovecharon la oportunidad de intensificarla para desestabilizar el sistema de gobierno. Durante el mandato del duque de Lerma el orden público en el Principado estaba en situación muy precaria; entre 1611 y 1615, ya actuando como virrey el marqués de Almazán, incluso empeoró. Sin embargo, una acción más decidida de los dos siguientes virreyes (el duque de Alburquerque y el duque de Alcalá) mantuvo el orden a partir de 1616 por encima de una Generalidad que ni dominaba ni tenía capacidad de dominar la situación. La firme voluntad de estos virreyes de acabar con el bandolerismo (incluso prohibiendo la posesión de determinadas armas) levantó las susceptibilidades de las instituciones catalanas, que creían ver en ello una violación de sus prerrogativas en materia de gobierno autónomo, contribuyendo con clara intencionalidad política a la difusión del mito de la «conspiración castellana» que caló hondo entre las capas de la población.

Otros puntos de fricción frente a la Generalidad fueron: los intentos de cobrar el quinto de los ingresos municipales, que habían quedado en suspenso en 1599 y se reanudaron en 1611, afectando a Barcelona desde 1620 (aunque la Diputación amparaba la resistencia de los ayuntamientos contra el impuesto); y el apresamiento en 1623 por los argelinos de las dos galeras armadas por la institución catalana para la defensa de las costas (desde 1599) y que se empleaban en el transporte de tropas a Italia (de forma irregular según la interpretación de la Generalidad).[2]

A partir de 1626 el rey fue convocando las distintas cortes: de las de Aragón y Valencia obtuvo el costear 2.000 y 1.000 soldados al año durante 15 años. Con las de Cataluña la negociación fue más ardua y al final, sin éxito (por parte del rey se solicitaban 16.000 soldados y por parte de los parlamentarios catalanes se insistía en los anteriores agravios y en la exigencia de nuevas leyes que reformaran la Observancia).[3] Olivares publicó la Unión de Armas, a pesar de que Cataluña seguía fuera de ella. Un segundo intento terminó también sin éxito. Olivares, por su parte, creyó que podría llegar a un acuerdo concediendo ciertas ventajas a los oligarcas catalanes en cooperación militar por el Mediterráneo, pero no contó con la lentitud de las Cortes para sopesar su propuesta. El valido tenía prisa y su paciencia se agotó, por lo que el 4 de mayo el rey Felipe IV y su séquito salieron de Barcelona al entender que las negociaciones no llegaban a ninguna parte. Para colmo, un desaire protocolario a un principal noble catalán también influyó en aumentar el resentimiento de la facción más opuesta a Olivares (una disputa por la prelación a la hora de establecer los puestos en la comitiva del rey terminó sentando al almirante de Castilla en vez de el duque de Cardona, hasta entonces principal valedor del rey en Cataluña, que incluso había llegado al extremo de cruzar su espada en una sesión de las cortes con el conde de Santa Coloma). Al desentendimiento entre la élite catalana y el propio rey también había contribuido la muerte de un consejero real de origen catalán, el marqués de Aytona, que no llegó a Barcelona (murió durante la estancia previa en Barbastro, el 24 enero de 1626).[4]

La guerra de los Treinta Años y Cataluña

A esta situación enrarecida entre la Corona y el Principado hay que añadir la situación estratégica de Cataluña en la Guerra de los Treinta Años con la re-entrada de Francia en el conflicto en 1635, la cual cogió desprevenida a España y condujo a una mayor urgencia de tropas y dinero para mantenerlas, a lo cual el gobierno catalán se seguía oponiendo.

Una serie de sucesos llevó a un mayor deterioro de la ya enrarecida relación entre Cataluña y la Corona, radicada en Madrid:

  • En 1638, tropas francesas sitiaron Fuenterrabía (Guipúzcoa), lo que supuso una rápida respuesta desde Castilla, las provincias vascas, Aragón y Valencia, pero la Diputación catalana mantuvo Cataluña al margen alegando su derecho a no intervenir fuera de sus fronteras.
  • En 1639 Olivares elige deliberadamente a Cataluña como frente para atacar a Francia e intentar que Cataluña contribuyese a los esfuerzos militares. Este esfuerzo militar estaba abocado al fracaso por la falta de apoyo, tanto desde Madrid como desde Barcelona, y Cataluña entera.
  • Un ejército de unos 9.000 soldados pasó el invierno en el frente catalán. Las leyes catalanas incluían un alojamiento de tropas que era insuficiente para el mantenimiento de las mismas. Las tropas infringieron estas leyes y se produjeron hacia la población unos excesos que el virrey, conde de Santa Coloma, se mostró incapaz de prevenir.
  • La paciencia de Olivares llegaba al límite como muestra un escrito al conde de Santa Coloma e impuso medidas más duras sobre la estancia, pago y reclutamiento de tropas en Cataluña.

La paciencia de los campesinos que acogían a las tropas también estaba al límite ante la estancia de las mismas y, finalmente, la situación derivó en revuelta en mayo de 1640. El odio al virrey, a Olivares y a la administración virreinal crecieron en el Principado entre otoño e invierno de 1639, azuzados premeditadamente por las instituciones catalanas y un importante sector del clero (entre el que se destacaron el obispo de Gerona y un canónigo de la catedral de Urgel, Pau Claris). Al caer nuevamente en manos españolas la fortaleza de Salses, el 6 de enero de 1640, la situación distaba mucho de mejorar. La nobleza y la burguesía catalana odiaba por motivos personales al virrey, conde de Santa Coloma, por no haber defendido sus intereses de estamento por encima de la obediencia al gobierno de Madrid. Los campesinos odiaban a la soldadesca de los tercios por las requisas de animales y los destrozos ocasionados a sus cosechas, amén de otros incidentes y afrentas derivadas del alojamiento forzoso de la soldadesca en sus casas, algunas de las cuales llegaron a quemar. El clero también lanzaba prédicas contra los soldados de los tercios, a los que llegaron a excomulgar.

El Corpus de Sangre (Corpus de Sang)

Artículo principal: Corpus de Sangre

En mayo de 1640, campesinos gerundenses atacaron a los tercios que acogían. A finales de ese mismo mes, los campesinos llegaban a Barcelona, y a ellos se unieron los segadores en junio, de modo que pronto la revuelta se encontró con la ciudad a su merced. Fueron asesinados funcionarios y jueces reales. Asimismo, el virrey Dalmau de Queralt fue asesinado en una playa barcelonesa cuando intentaba huir por mar. Estos sucesos tuvieron lugar durante la festividad del Corpus Christi, que se celebra 60 días después del Domingo de Pascua.

La situación cogió por sorpresa a Olivares, ya que la mayoría de sus ejércitos estaban localizados en otros frentes y no podían acudir a Cataluña. Pese a que Olivares optó por la prudencia a toda costa y trató de echar marcha atrás el 27 de mayo de 1640, la situación se le escapaba de las manos. El odio a los tercios y a los funcionarios reales pasó a generalizarse contra todos los hacendados y nobles situados cerca de la administración. Ni siquiera la Generalidad controlaba ya a los rebeldes, que lograron apoderarse del puerto de Tortosa.

1640 a 1652

Pau Claris, al frente de la Generalidad de Cataluña, proclama la República Catalana. Pero la revuelta también escapa a este primer y efímero control de la oligarquía catalana. La sublevación derivó en una revuelta de empobrecidos campesinos contra la nobleza y ricos de las ciudades que también fueron atacados. La oligarquía catalana se encontró en medio de una auténtica revolución social entre la autoridad del rey y el radicalismo de sus súbditos más pobres.

Conscientes de su incapacidad de reducir la revuelta y sus limitaciones para dirigir un estado independiente, los gobernantes catalanes se aliaron con el enemigo de Felipe IV: Luis XIII (pacto de Ceret). Richelieu no perdió una oportunidad tan buena para debilitar a la corona española. Olivares comienza a preparar un ejército para recuperar Cataluña con grandes dificultades ese mismo año de 1640 y, en septiembre, la Diputación catalana pide a Francia apoyo armamentístico.

En octubre de 1640 se permitió a los navíos franceses usar los puertos catalanes y Cataluña accedió a pagar un ejército francés inicial de 3.000 hombres que Francia enviaría al condado. En noviembre, un ejército de unos 20.000 soldados recuperó Tortosa para Felipe IV, en su camino hacia Barcelona; dicho ejército provocó sobre los prisioneros unos abusos que determinaron a los catalanes a oponer una mayor resistencia. Cuando el ejército del marqués de los Vélez se acercaba a Barcelona, estalló una revuelta popular el 24 de diciembre, con una intensidad superior a la del Corpus, por lo que Claris tuvo que decidirse por una salida sin retorno, que tampoco era la deseable: Pactar la alianza con Francia en contra de Felipe IV. El 16 de enero de 1641 anunció que Cataluña se constituía en república independiente bajo la protección de Francia. Pero el 23 del mismo mes pasó a anunciar que el nuevo conde de Barcelona sería Luis XIII de Borbón, rememorando el antiguo vasallaje de los condados catalanes con el Imperio Carolingio. En enero de 1641, Cataluña se sometió voluntariamente al gobierno del rey de Francia y la Generalidad proclama conde de Barcelona y soberano de Cataluña al rey Luis XIII de Francia como Luis I de Barcelona. Ese mismo año, el 26 de enero, un ejército franco-catalán defendió Barcelona con éxito. El ejército de Felipe IV se retiró y no volvería hasta diez años más tarde. Poco tiempo después de esta defensa victoriosa moriría Pau Claris.

Cataluña se encontró siendo el campo de batalla de la guerra entre Francia y España e, irónicamente, los catalanes padecieron la situación que durante tantas décadas habían intentado evitar: Sufragar el pago de un ejército y ceder parcialmente su administración a un poder extranjero, en este caso el francés. La política francesa respecto a Cataluña estaba dominada por la táctica militar y el propósito de atacar Valencia y Aragón.

Luis XIII nombró entonces un virrey francés y llenó la administración catalana de conocidos pro-franceses. El coste del ejército francés para Cataluña era cada vez mayor, y mostrándose cada vez más como un ejército de ocupación. Mercantes franceses comenzaron a competir con los locales, pero favorecidos por el gobierno francés, que convirtió a Cataluña en un nuevo mercado para Francia. Todo esto, junto a la situación de guerra, la consecuente inflación, plagas y enfermedades llevó a un descontento que iría a más en la población, consciente de que su situación había empeorado con Luis XIII respecto a la que soportaban con Felipe IV.

En 1643, el ejército francés de Luis XIII conquista el Rosellón, Monzón y Lérida. Un año después Felipe IV recupera Monzón y Lérida, donde el rey juró obediencia a las leyes catalanas. En 1648, con el Tratado de Westfalia y la retirada de sus aliados los Países Bajos de la guerra, Francia comienza a perder interés por Cataluña. Conocedor del descontento de la población catalana por la ocupación francesa, Felipe IV considera que es el momento de atacar y en 1651 un ejército dirigido por Juan José de Austria comienza un asedio a Barcelona. El ejército francocatalán de Barcelona se rinde en 1652 y se reconoce a Felipe IV como soberano y a Juan de Austria como virrey en Cataluña, si bien Francia conserva el control del Rosellón. Felipe IV por su parte firmó obediencia a las leyes catalanas. Esto da paso a la firma del Tratado de los Pirineos en 1659.

Esta inestabilidad interna y su resultado final fue dañino para España, pero mucho más para Cataluña. Por otra parte, Francia aprovechó la oportunidad para explotar una situación que le rindió grandes beneficios a un coste prácticamente nulo.

Como resultado final, Francia ocupó las tierras transpirenaicas de Cataluña e, incumpliendo el Tratado de los Pirineos, Luis XIV prohibió el uso del catalán así como sus fueros ancestrales.

 

Els Segadors

 

Els Segadors («Los segadores», en castellano) es el himno oficial de Cataluña.[ ]La letra actual es de Emili Guanyavents y data de 1899, aunque se basa en un romance popular del siglo XVII que había sido recogido unos años antes por el filólogo Manuel Milà i Fontanals en su Romancerillo catalán (1882). Estos dos textos del himno, el actual y el histórico, han sido los más difundidos. Sin embargo, el texto actual de Emili Guanyavents es el más político y reivindicativo, y fue ganador de un concurso convocado con esta finalidad por la Unió Catalanista en 1899 y que provocó una apasionada polémica pública y periodística. La música es de Francesc Alió, que la compuso en 1892 adaptando la melodía de una canción ya existente. Se puede ver detrás del himno una antigua canción nacida de la sublevación de Cataluña de 1640 o guerra de los catalanes contra el rey Felipe IV, en la cual los campesinos protagonizaron episodios relevantes. De esta guerra se ha conservado la música de lo que después, a partir de finales del siglo XIX, se ha convertido en el símbolo de la identidad catalana.

Por la ley del Parlamento de Cataluña de 25 de febrero de 1993, Els Segadors fue declarado himno nacional de Cataluña.[1] Asimismo, el artículo 8.1 del Estatuto de Autonomía de 2006 declara: "Cataluña, definida como nacionalidad en el artículo 1, tiene como símbolos nacionales la bandera, la fiesta y el himno". El artículo 8.4 establece: "El himno de Cataluña es «Els segadors»". El registro sonoro oficial fue realizado y divulgado en 1994.

Contexto histórico

El himno tiene las características de un llamamiento en defensa de la libertad de la tierra. Recoge los hechos acaecidos durante el llamado Corpus de sangre, una revuelta protagonizada por alrededor de un millar de segadores el 7 de junio de 1640, día de Corpus Christi.

Cuando estalla la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), el rey de España, Felipe IV, se vio obligado a participar como consecuencia de su parentesco con el emperador romano-germánico Fernando II, su tío. En 1624, el Conde-Duque de Olivares presentó al rey su Gran Memorial, en el que, considerando que la autoridad y reputación de la Monarquía se habían deteriorado, proponía un plan de reformas encaminadas a reforzar el poder real y la unidad de los territorios que dominaba, con vistas a un mejor aprovechamiento de los recursos al servicio de la política exterior. Estas reformas, no obstante, encontraron una dura oposición en Cataluña.

La situación se agravó con la guerra contra Francia comenzada en 1635. En 1640, sobre todo a partir del mes de mayo, se produjo un alzamiento generalizado de toda la población del principado de Cataluña contra la movilización, y permanencia sobre el país, de los tercios del ejército real y contra la pretensión de que fueran alojados dentro de las poblaciones. Algunas se negaron a abrir sus puertas, como Sant Feliu de Pallerols o Santa Coloma de Farners. La represalia en Riudarenes (3 de mayo) y en Santa Coloma de Farners (14 de mayo) desencadenaría un rápido levantamiento armado de ciudadanos y campesinos que, de las comarcas gerundenses, se extendió hacia el Vallés y hacia Osona y el Ripollés. En esta tensa situación, el 7 de junio de 1640, día de Corpus Christi, un pequeño incidente en la calle Ample de Barcelona entre un grupo de segadores, trabajadores temporeros, y algunos barceloneses, en el cual un segador quedó malherido, precipitó la revuelta (Corpus de Sangre). Los revoltosos se apoderaron de la ciudad durante tres días. Los segadores no sólo se movían por su furia contra las exigencias del gobierno real sino también contra el régimen señorial catalán, ya que, desde el primer momento, los rebeldes habían atacado a los ciudadanos ricos y a sus propiedades. Ésta fue, por tanto, también una guerra civil entre catalanes.[2] El balance de víctimas fue de un total de entre 12 y 20 muertos, en su mayor parte funcionarios reales, entre ellos el virrey, Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma. Este levantamiento marcó el inicio de la sublevación de Cataluña de 1640 o Guerra de los Segadores (1640-1652).

Francisco Manuel de Melo, integrante portugués del ejército real y testigo presencial de algunos de los hechos que narra en su Guerra de Cataluña, aunque no del Corpus de Sangre,[3] describió la extrema crudeza de la violencia que se llegó a vivir durante la guerra:

Muchos, después de muertos, fueron arrastrados, sus cuerpos divididos, sirviendo de juego y, risa aquel humano horror, que la naturaleza religiosamente dejó por freno de nuestras demasías; la crueldad era deleite; la muerte, entretenimiento, a uno arrancaban la cabeza (ya cadáver), le sacaban los ojos, cortábanle la lengua y las narices; luego, arrojándola de unas en otras manos, dejando en todas sangre y en ninguna lástima, les servía como de fácil pelota; tal hubo que, topando el cuerpo casi despedazado, le cortó aquellas partes cuyo nombre ignora la modestia y, acomodándolas en el sombrero, hizo que le sirviesen de torpísimo y escandaloso adorno.

Francisco Manuel de Melo, Historia de los movimientos, separación y guerra de Cataluña (1645), Madrid, Castalia, 1996, pág. 125. ISBN 978-84-7039-747-9

 

 

Este es el autentico himno catalán